La historia comienza a continuación
Mi mujer suplicaba incesantemente a las dos enfermeras que le aliviaran el dolor mientras el parto se prolongaba durante horas interminables. Sufría una agonía evidente, sudaba, gritaba y me pedía ayuda desesperadamente. A pesar de ello, las enfermeras apenas le hicieron caso. En lugar de ofrecerle ayuda, se reían, como si su dolor fuera irrelevante. Me sentí impotente, horrorizada por lo que estaba presenciando. La situación se agravó aún más cuando le bajó bruscamente la tensión y todo el mundo se sumió en el caos. La llevaron rápidamente al quirófano, donde nuestra hija nació por cesárea. Todo esto ocurrió sin la autorización de ninguno de nosotros. Más tarde, el médico se dirigió a mí, preguntándome por qué mi mujer había rechazado los analgésicos, según el informe de las enfermeras. En ese momento, le conté la verdad.

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Discutiendo con el Dr. Steven
Intenté que el Dr. Steven comprendiera lo que había ocurrido. “Dr. Steven, mi mujer, Joyce, sufría un dolor total, y ellas se quedaron… ¡quietas!” Le expliqué cómo las enfermeras, Sandra y Anne, apenas se esforzaron por ayudar mientras Joyce luchaba por salir adelante. No la guiaron, no le ofrecieron ningún consuelo. El médico escuchaba atentamente, con el ceño fruncido en una mezcla de preocupación y concentración. Sentí que la frustración volvía a surgir en mi interior al recordar lo que había ocurrido, cómo habían actuado como si mi mujer fuera completamente invisible.

Hablando con el Dr. Steven